Historia
Desde la Antigüedad clásica, la isla era ya conocida por ser parte integrante de las leyendas míticas que la emparentaban con las islas Afortunadas, las Hespérides, los Campos Elíseos o con la legendaria Atlántida. Posteriormente, la expansión europea hacia el Atlántico, a partir de la Edad Media, hizo que la isla fuera nuevamente redescubierta e incluida en el itinerario de los muchos viajes que hacían navegantes y aventureros. Pronto entró a formar parte del punto de mira de las aspiraciones socioeconómicas de los conquistadores, comerciantes y piratas europeos y norteafricanos que recalaban por las aguas de estas islas, al calor de las bondades de los puertos naturales como el de Arrecife y el de El Río.
Tras la avanzada conquistadora normanda, al inicio del siglo XV, Lanzarote comienza una estrecha vinculación sociocultural y políticoeconómica con España y, por extensión, con Europa, que llega hasta el día de hoy.
Hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XX, la isla estuvo adscrita a una economía agrícola que atravesó momentos de precariedades que la mecieron en continuas hambrunas, despoblamientos, sequías y crisis agrícolas, unido al abandono secular por parte de las diferentes administraciones centrales y regionales. Sin embargo, también hubo momentos de bonanza, determinados por otros ciclos agro-económicos como la etapa cerealística, la producción del vino y del aguardiente, el comercio de la barrilla y de la cochinilla, el cultivo de la cebolla, de la batata y del tomate o la pesca en el Banco Canario Sahariano.
Posteriormente, finales del siglo XX, el desarrollo de la industria turística desterrará la economía agro-pesquera insular y dibujará un nuevo espectro socio-económico que marcó un fuerte crecimiento de su economía, vinculado a un alto consumo del territorio litoral y al aumento de la población residente, como fenómeno estrechamente relacionado con las actividades terciarias.
Pese a todo, la confección de un marco de actuaciones abanderadas por el artista César Manrique y el Cabildo de Lanzarote, impulsaron una peculiar forma de entender las intervenciones del hombre sobre el territorio, desde premisas como el respeto a la naturaleza y la salvaguarda de los valores tradicionales del paisaje humano. Esta experiencia acumulada en una manera diferente y armoniosa de intervenir sobre el paisaje ha marcado una pauta y una filosofía que ha permitido que la isla haya preservado una parte significativa de su esencia.
Tras la avanzada conquistadora normanda, al inicio del siglo XV, Lanzarote comienza una estrecha vinculación sociocultural y políticoeconómica con España y, por extensión, con Europa, que llega hasta el día de hoy.
Hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XX, la isla estuvo adscrita a una economía agrícola que atravesó momentos de precariedades que la mecieron en continuas hambrunas, despoblamientos, sequías y crisis agrícolas, unido al abandono secular por parte de las diferentes administraciones centrales y regionales. Sin embargo, también hubo momentos de bonanza, determinados por otros ciclos agro-económicos como la etapa cerealística, la producción del vino y del aguardiente, el comercio de la barrilla y de la cochinilla, el cultivo de la cebolla, de la batata y del tomate o la pesca en el Banco Canario Sahariano.
Posteriormente, finales del siglo XX, el desarrollo de la industria turística desterrará la economía agro-pesquera insular y dibujará un nuevo espectro socio-económico que marcó un fuerte crecimiento de su economía, vinculado a un alto consumo del territorio litoral y al aumento de la población residente, como fenómeno estrechamente relacionado con las actividades terciarias.
Pese a todo, la confección de un marco de actuaciones abanderadas por el artista César Manrique y el Cabildo de Lanzarote, impulsaron una peculiar forma de entender las intervenciones del hombre sobre el territorio, desde premisas como el respeto a la naturaleza y la salvaguarda de los valores tradicionales del paisaje humano. Esta experiencia acumulada en una manera diferente y armoniosa de intervenir sobre el paisaje ha marcado una pauta y una filosofía que ha permitido que la isla haya preservado una parte significativa de su esencia.







